l testamento espiritual de
Marcelino, no escrito de su puño y letra, pero que expresa los sentimientos de su
corazón, desarrolla con más detalle la espiritualidad de sus seguidores: "Sed
fieles -les decía- en el ejercicio de la presencia de Dios, alma de la oración y de
todas las virtudes. Constituid siempre el espíritu de pobreza y desprendimiento. Tened
una filial devoción a María, hacedla amar por doquiera en cuanto sea posible. Amad y sed
fieles a vuestra vocación, perseverad en ella valientemente."
La espiritualidad de Marcelino no nace en un monasterio. Es una espiritualidad que tiene
sus raíces en la plaza del mercado. No hubo nada mezquino en el Fundador de los Hermanos
Maristas: se tomó seriamente el Evangelio. No sorprende, por tanto, que la obediencia y
el amor sean las dos virtudes que recomendó a sus primeros discípulos: son la base de la
comunidad. La obediencia es su fundamento y el amor enlaza todas las virtudes y las
perfecciona. El amor no debiera tener límites. Marcelino amaba a sus hermanos y esperaba
que también ellos se amaran como hermanos.
Tan
sólo tenía 28 años cuando invitó a sus primeros neófitos a unirse a él. Dio a sus
Hermanitos una misión muy clara: "Proclamad el Evangelio directamente a los
jóvenes, haced que Jesús sea conocido y amado por ellos, especialmente por los más
necesitados." Estaba convencido de que para educar a un niño, primero hay que
amarlo. Ésta era la regla de oro de su proyecto educativo. Marcelino quería a los
jóvenes y ellos se contagiaron de su energía y entusiasmo. ¿Qué factores alimentaron
su pasión por la vida y moldearon su espiritualidad? La conciencia de la presencia de
Dios, su confianza inquebrantable en la protección de María y el cultivo de las virtudes
de sencillez y humildad.
Para él, la virtud de la caridad tiene que ser no solamente el fundamento de la vida de
comunidad, sino también el método distintivo de la evangelización y educación
maristas. Fue el método de María con Jesús. Ahora tendrá que ser el método de todos
los que siguen el sueño que tanto cautivó el corazón de este cura rural y de sus
primeros hermanos.
Marcelino Champagnat nació en mayo de 1789, en un mundo que empezaba a convulsionarse con
cambios revolucionarios. El que dejó cincuenta años después había visto la paz y la
guerra, la prosperidad y los apuros, la muerte de una Iglesia y el nacimiento de otra. Fue
hombre de su tiempo, llevó consigo toda la grandeza y las limitaciones de su pueblo. El
sufrimiento le templó, los contratiempos le fortalecieron, la determinación le impulsó,
y la gracia le ayudó a ir más allá de sus circunstancias.
Marcelino Champagnat fue también apóstol de la juventud y ejemplo de cristianismo muy
práctico. Fue innovador y santo para su tiempo y lo es también para nuestro tiempo. |